En varios post hemos dado cuenta de la crisis energética que se avecina: El fenómeno llegará antes de lo previsto debido a que diversos analistas sostienen que el combustible fósil se acabará antes de lo que se proyecta.Ver post anterior, aquí…
La discusión que ya está instalada en el mundo desarrollado – por cierto en Chile aún no hablamos de estos temas- apunta a dilucidar si las fuentes alternativas, ERNC, podrían ser un buen sustituto dada la demanda mundial.

Michael Grunwald, redactor jefe de la revista Time, ha obtenido premios como periodista especializado en medio ambiente, autor de The Swamp: The Everglades, Florida, and the Politics Paradise, salta a la palestra y habla de los siete mitos sobre las energías alternativas.
Dejamos los tres primeros para sus comentarios.
1) “Necesitamos hacer todo lo posible para fomentar la energía alternativa”.
No exactamente. Está claro que los combustibles fósiles están deteriorando el clima y que la situación actual es insostenible. Existe un amplio consenso científico de que el mundo debe reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en más de un 25% de aquí a 2020, y en un 80% de aquí a 2050. Aunque el planeta no dependiera de ello, si nos librasemos de nuestra adicción al petróleo y el carbón, reduciríamos la dependencia mundial de los matones del crudo y la vulnerabilidad ante la subida de los precios energéticos.
Pero, aunque el mundo debe hacer todo lo que sea sensato para fomentar la energía alternativa, no tiene sentido hacer todo lo posible. Existen presiones financieras, políticas y técnicas, además de limitaciones temporales, que obligarán a tomar decisiones difíciles; las soluciones tendrán que lograr las mayores reducciones de misiones con el mínimo gasto en el menor tiempo. Los coches de hidrógeno, la fusión fría y otras tecnologías que son pura especulación pueden parecer soluciones fantásticas, pero quizá desviarían valiosos recursos de ideas que ya son posibles y rentables. Está bien que alguien haga funcionar su coche con restos de una liposucción, pero eso no significa que haya que subvencionarle.
La gente puede no estar de acuerdo en si los gobiernos deben tratar de escoger con qué soluciones energéticas quedarse. ¿Pero por qué no estar de acuerdo, al menos, en que los gobiernos no deban quedarse con las peores? Por desgracia, es exactamente lo que está sucediendo. El mundo está apresurándose a promover fuentes alternativas de energía en realidad van a acelerar el calentamiento global.
Todavía podemos escoger un camino verdaderamente alternativo. Pero más vale que nos demos prisa.
2) “Los combustibles renovables son la cura para nuestra adicción al petróleo”
Por desgracia, no. Los combustibles renovables suenan estupendos en teoría, y los representantes de los bloques agrarios han convencido a los países europeos y Estados Unidos de que lleven a cabo políticas ambiciosas para promover alternativas de origen agrícola a la gasolina. Sin embargo, hasta ahora, las curas –principalmente el etanol derivado del maíz en EEUU y el gasóleo de aceites vegetales en Europa- han sido mucho peor que la enfermedad.
Antes, los investigadores estaban de acuerdo en que los combustibles de origen agrícola reduciría las emisiones, pero se cometió un error básico. Atribuían a las cosechas para combustible la cualidad de absorber el carbono durante su crecimiento, pero nunca se les ocurrió que podían desplazar otra vegetación que absorbía aún más. Era como si creyeran que los no combustibles iban a crecer en explanadas de aparcamientos. Como es natural, no ha sido así. Indonesia destruyó tanta proporción de sus bosques para cultivar aceite de palma destinado al gasóleo europeo, que ocupa el tercer lugar entre los principales emisores de carbono del mundo, en lugar del número 21.
En 2007, los científicos empezaron a tener en cuenta la deforestación y otros cambios del uso de la tierra producido por los de combustibles. Un estudio descubrió que harían falta más de 400 años de biocombustible para “recuperar el dinero” que suponía el carbono emitido directamente al limpiar la turba para el aceite de palma. El daño indirecto también puede ser devastador, porque, en un planeta hambriento, las cosechas alimenticias que se dedican a combustibles acaban siendo sustituidas en otro lugar. Como ejemplo, los beneficios del etanol están haciendo que los cultivadores de soja en Estados Unidos se pasen al maíz, así que, para compensar esa deficiencia, los cultivadores de soja en Brasil están invadiendo tierras de pastos para el ganado y los rancheros están invadiendo la selva amazónica. Es una simple cuestión economía: las normativas fomentan la demanda de cereal, lo cual impulsó los precios, lo que hace que sea lucrativo destrozar la naturaleza.
La desforestación representa el 20% de las emisiones globales, de modo que, si el mundo no puede eliminar las emisiones de todas las demás fuentes, necesita retirarse de los bosques. Eso significa limitar la huella de la agricultura, un esfuerzo formidable teniendo en cuenta que la población mundial crece sin cesar, y una tarea imposible si vastas superficies de cultivo se transforman para producir pequeñas cantidades de combustible. Aunque EEUU dedicara toda su cosecha del cereal a la obtención de etanol, no serviría más que para sustituir la quinta parte del consumo de gasolina del país.
No se trata sólo de un desastre climático. El cereal necesario para llenar el depósito de un todoterreno con etanol podría alimentar a una persona hambrienta durante un año. Pese a ello, EEUU ha quintuplicado su producción de etanol en un decenio y tiene previsto volver a quintuplicarla en la próxima década. Eso significará más dinero para los cultivadores de cereal, que ya cuentan con buenas subvenciones, pero también más desnutrición, más deforestación, y más emisiones. Los dirigentes europeos han prestado un poco más de atención a las alarmantes críticas contra los de combustibles, pero tampoco se han mostrado muy inclinados a enfriar este sector, que representa 100 mil millones $ (unos 62 mil millones €) en todo el mundo.
3) “Si los de combustibles de hoy no son la respuesta, los del mañana si lo serán”.
Es dudoso. Las últimas normas estadounidenses, que mantienen su apoyo al etanol procedente del maíz, incluyen las directrices para desarrollar lo que combustibles de segunda generación, como el derivado de la hierba varilla.
En teoría, serían menos destructivos que el etanol de maíz, que necesita tractores, fertilizantes a base de petróleo y destilerías que emiten carbono. Incluso el etanol de caña de azúcar –que proporciona ya la mitad del combustible para transporte de Brasil- es mucho más verde que el etanol de maíz. Pero estudios recientes sugieren que cualquier biocombustible que necesite una buena tierra agrícola seguía siendo peor que la gasolina para el calentamiento global. Menos desastroso que el etanol de maíz, pero desastroso.
De vuelta al mundo teórico, los biocombustibles derivados de las algas, la basura, los residuos agrarios y otras fuentes podrían ser útiles porque no necesitan tierra, o al menos utilizan unas tierras degradadas sin específicar, pero siempre parecen faltar varios años para su desarrollo comercial a gran escala. Y algunos científicos siguen teniendo esperanza de que, algún día, plantas de crecimiento rápido, como la hierba elefante, puedan ser utilizadas para convertir la luz solar en energía. Ahora bien, por ahora, las tierras de cultivo están muy bien para producir la materia que necesitamos para alimentarlos y almacenar el carbono que necesitamos para no morir, y no tan bién para generar combustible. De hecho, algunos nuevos estudios indican que, si queremos convertir la biomasa en energía, lo mejor es que la transformemos en electricidad.
Entonces, ¿qué debemos usar en nuestros coches y camiones? A corto plazo… Gasolina. Sólo que debemos usar menos.
En vez de directrices y subsidios al etanol, los gobiernos necesitan normativas que ayuden a los mil millones de conductores de todo el mundo a gastar menos gasolina, además de subvenciones al transporte colectivo, los carriles bici, las líneas de ferrocarril o el teletrabajo. Las autoridades deben fomentar un desarrollo denso en las zonas urbanas y limitar las políticas que propician la extensión en una gran área. Nada de esto es tan atractivo como inventar un nuevo combustible mágico, pero son cosas factibles, y reducirían las emisiones.
A medio plazo, el mundo necesita coches eléctricos recargables, pero harán falta decenios. La electricidad produce más emisiones incluso que el petróleo. De modo que necesitamos también una respuesta a la adición de la humanidad al carbón.
Si desea leer post completo, vaya al siguiente link…