Extensión de las operaciones de plantas nucleares en Alemania divide a candidaturas políticas
Mientras en Chile, la agenda electroral que divide a los candidatos se centra principamente en el cómo mejorar la educación, ( triste que aún no resolvamos esa estructural falencia), en Alemania el sustento energético, es la piedra de tope: En desarrollar más centrales nucleraes o prolongar la vida de algunas, versus iniciar un proceso de desmantelamiento sin retorno es el debate que está en juego.
Este artículo fue publicado recientemente en “The Economist”, su versión en inglés está aquí,- y da cuenta de cómo la permanencia de plantas nucleares divide a quienes pugnan por dirigir los destinos en ese país. La discusión se ha extendido a todos los sectores. Hay algunos que incluso señalan que extender la operación de éstas pude servir de sustento para futuras inversiones en el área de las renovables no convencionales.
Reflejando el sol matinal como un lago de hielo negro, los paneles
solares en los bosques tupidos de la frontera de Brandeburgo con
Polonia ofrecen una vista fugaz de un sueño alemán de un futuro
construido en base a energía limpia. Aquí, en Lieberose, la segunda
planta de energía fotovoltaica más grande del mundo captura la luz
matinal para producir la electricidad suficiente como para abastecer a
una localidad de unos 15 mil hogares.
Hileras brillantes de celdas solares como estas, molinos de viento
que dan vuelta lentamente y otras fuentes renovables ya proporcionan
alrededor del 15% de la electricidad de Alemania, lo que hace de este
país un líder tanto en tecnología solar como eólica.
Sin embargo, a pesar de lo impresionantes que son tales logros,
Alemania enfrenta elecciones energéticas conflictivas, y ninguna tanto
como aquella por el futuro de 17 plantas de energía nuclear, algunas
antiguas y proclives a las fallas, que proporcionan casi una cuarta
parte de la electricidad del país. Su destino ha sido uno de los pocos
temas emocionantes en la campaña para las elecciones federales el 27 de
septiembre.
En 2000, una coalición anterior del Partido Social Demócrata (SPD) y
los Verdes decidió prohibir la construcción de nuevas plantas de
energía nuclear y eliminar gradualmente las existentes para 2022. Eso
puede cambiar pronto si la Unión Demócrata Cristiana (CDU), encabezada
por la Canciller Angela Merkel, puede formar un gobierno con los
liberales Demócratas Libres (FDP). Merkel prometió extender la vida de
algunas plantas nucleares hasta por 15 años; el FDP está a favor de
construir nuevos reactores.
Una razón para mantener los reactores activos es dinero. Las plantas
de energía nuclear son sumamente caras de construir, pero luego su
manejo es relativamente económico. Christopher Kuplent, del Credit
Suisse, un banco de inversiones, estima que las empresas de energía
alemanas podrían generar ganancias extras de 25 mil millones de euros
(US$ 36 mil millones) previo a los impuestos si es que no tienen que
apagarse. Los precios de la electricidad en Alemania -que están entre
los más altos de Europa- probablemente también bajarían. Eso agradaría
a las grandes empresas, las que han estado haciendo presión para que se
extienda la vida de las plantas.
Claudia Kemfert, del DIW, un instituto de estudios de Berlín,
sostiene que si se mantienen funcionando las plantas nucleares, se
compraría tiempo y se produciría el dinero necesario para que el país
aumente la proporción de la energía que proviene de fuentes renovables.
Si a las compañías de servicios se les permitiera manejar las plantas
nucleares por más tiempo, probablemente tendrían que compartir sus
ganancias, quizás mediante el pago de un impuesto a las utilidades
inesperadas o aceptando financiar inversiones en energía renovable,
indica Kuplent.
El argumento económico puede que tenga sentido, pero será difícil de
vendérselo a una ciudadanía escéptica. La oposición a la energía
nuclear se endureció no hace mucho. Una encuesta en febrero encontró
que casi el 60% de los consultados quería dar marcha atrás o retrasar
la eliminación gradual. Pero una más reciente en julio, exactamente
después que un accidente cerrara la planta de Krümmel por segunda vez
en dos años, mostró un agudo vaivén: el 31% de los alemanes quería que
se mantuviera la eliminación por fases y otro 32% quería que se
acelerara. Sólo el 17% pensaba que la nación debía continuar en el
campo nuclear.
La política intrincada de la gran coalición saliente también ha
jugado su rol en desanimar el apoyo ciudadano. Sigmar Gabriel, del SPD,
ministro del Medio Ambiente, ha utilizado su cargo para hacer campaña
contra la energía nuclear. El personero acusa a Merkel de ser
“irresponsable” y ha dado a conocer una serie de revelaciones, por
ejemplo, sobre fallas de seguridad en Asse, un sitio de almacenaje de
desechos nucleares, y la condición permeable de Gorleben, una cúpula de
sal destinada a albergar los desechos de alto nivel por miles de años.
A pesar del calor del debate, la extensión de las plantas nucleares
postergaría la difícil elección por sólo una década a lo sumo. Más o
menos la mitad de su energía proviene de la quema de carbón, un
productor prolífico de gases de invernadero. Incluso con el crecimiento
de la energía renovable, la naturaleza intermitente del sol y el viento
significa que estas fuentes no pueden reemplazar a la energía nuclear
sin inversiones costosas en almacenaje y transmisión de energía.
Reemplazar las plantas nucleares por plantas activadas por carbón
parece igualmente improbable.
Para mantener las luces encendidas, Alemania puede que tenga que
escoger finalmente entre no lograr sus objetivos de reducir los gases
de invernadero o estar más en deuda con Rusia por el gas natural. Ese
debate podría volverse radiactivo.




